Resulta intuitivo pensar que el mayor riesgo aparece en el punto de mayor volumen de la temporada. La literatura muestra algo más interesante: los períodos de transición pueden ser especialmente sensibles. Una revisión sistemática con metaanálisis encontró tasas de lesión mayores en el segundo y tercer mes después de volver a bailar. Eso no demuestra que cada regreso de vacaciones sea peligroso, pero refuerza una idea conocida del entrenamiento: capacidad y demanda deben crecer juntas.
Durante una pausa, el bailarín no pierde técnica de un día para otro, pero algunas capacidades físicas y la tolerancia a repetición pueden cambiar. Cuando clase, ensayo, saltos y repertorio vuelven al mismo tiempo, la exposición puede aumentar más rápido que la readaptación. El problema no es que exista carga; sin carga no hay preparación. El problema es la velocidad con la que cambia.
Medir carga en danza todavía es difícil. Las horas de ensayo dicen poco sobre cuántos saltos, cuántas repeticiones de una variación o qué intensidad hubo dentro de ellas. Esfuerzo percibido, número de sesiones, tipo de tarea e historia de la semana pueden complementar al reloj. Ningún marcador resuelve todo, pero registrar algo ya mejora la memoria sobre lo que ocurrió.
Para dirección y pedagogía, la transición es un momento de planificación. El repertorio puede volver por capas, los saltos pueden progresar y la respuesta del día siguiente puede informar el paso posterior. Una agenda inteligente no vuelve menos exigente a la danza; distribuye la exigencia para que el cuerpo tenga tiempo de hacerse capaz de ella.

